Concreto Abstracto

Hay quien dice que la cultura, más que una segunda naturaleza, es la única naturaleza del ser humano. Análogamente, podríamos decir que el paisaje urbano es cada vez más el único paisaje posible. Mucho más “natural,” en todo caso, que el que se pueda apreciar desde un resort, uno de esos paraísos artificiales donde el habitante de las ciudades descansa de su entorno cotidiano para regresar a la “naturaleza.” Y que es también el único paisaje que millones de citadinos pobres jamás conocerán.
Pero estas consideraciones son del todo ajenas a la obra de Valentina Olmedo. Si la ciudad aparece retratada en su pintura, es por mera coincidencia. No hay aquí voluntad de representación. Como no hay tampoco la representación de una voluntad. Hay, en todo caso, una investigación tenaz, que pretende retornar al grado cero de de la pintura. La línea, el plano, el color, la composición, aparecen en sus lienzos con impúdica desnudez: sin culpa, sin excusas, sin cortapisas, tal y como lo postulaban los concretistas de más de medio siglo atrás.

Arquitectónica por partida doble, la obra de Valentina Olmedo muestra una añeja obsesión por las posibilidades técnicas de los materiales de construcción, al tiempo que cada pieza está construida según un esquema arquitectónico. Es decir: además de ser una pintura es también una arquitectura ensamblada con elementos visuales arquitectónicos.

Habrá quién, con mirada curiosa, pueda reconocer en alguna de estas pinturas algunos parajes del sur de la Ciudad de México. Tanto da: podrían evocar a cualquiera de las grandes urbes del siglo XXI. Olmedo no busca ni la autenticidad de quien atesora el terruño, ni la más complicada autenticidad de quien busca apurar el cáliz del desarraigo cosmopolita. De hecho, no hay en ella búsqueda alguna de autenticidad. Lo auténtico de su obra surge de su origen mismo: la necesidad de la composición. De esta manera, Valentina Olmedo trabaja a contracorriente de su tiempo.

Las coincidencias que pudiera tener con, o las citas que haga de, un Klee, Gerzso o un Goeritz, no parten ni de un afán polémico, ni de la búsqueda de antecesores convenientes, tampoco son un anacronismo voluntario. Sencillamente se le aparecen en la senda solitaria que le ha tocado andar en pos de la composición.

Si se echan de menos en su obra las preocupaciones existenciarias, sexológicas, sociales o escatológicas de tantos de sus contemporáneos y coterráneos, ello no se debe a la empecinada búsqueda de la originalidad, o de su propia voz. Es tan sólo el resultado de un proceso de substracción, en el que la composición se depura de todo aquello que le es ajeno.
No hay, pues, en su obra, ni crípticas reflexiones sobre la historia de la pintura, ni comentario social alguno, ni retruécanos, ni guiños culteranos. No es la suya una pintura discursiva. Es, en todo caso, una pintura plenamente pictórica.
¿Inactual? ¿Desfasada? Sin duda. La obra de Valentina Olmedo no tiene nada que decirle al hombre actual, posmoderno y líquido. La razón es sencilla: sus cuadros no hablan. Exigen, eso sí (y esto probablemente sea demasiado para cierta intelligentsia) ser vistos.
Rodrigo Muñoz Vega
 
 
 
Equilibrio vacilante
Óleo sobre tela
80x120cm
2010
Horizontal
Óleo sobre tela
80x120cm
2010

Nocturno con escalera
Óleo sobre tela
120x120cm
2009

 

El canto de las ballenas
Óleo sobre tela
120x120cm
2010
 

La Grúa
Óleo y esmalte sobre tela
120x120cm
2010

 

Catastro en azul (díptico)
Óleo sobre tela
75x170cm cada panel
2010
 

Propiedades (tríptico)
Óleo sobre madera
20x50cm cada panel
2010
 
*Con este texto se presentó la exposición "Concreto Abstracto", inaugurada en noviembre del 2010 en la Fundación Sebastián de la Ciudad de México.